Gitanos en Utrera: La realidad contra los estereotipos

La localidad de 52.000 vecinos es ejemplo de convivencia e interrelación desde hace siglos La comunidad gitana está presente en todos los ámbitos

El 8 de abril el Ayuntamiento de Utrera colgó en su fachada la bandera del pueblo gitano: azul y verde, con una rueda de carro, como símbolos del cielo, el campo y la libertad. Aunque esa reivindicación por el día internacional que marca el calendario pasó desapercibida. Porque Utrera es una de esas ciudades -dicen que como Jerez de la Frontera o Lebrija- en las que el pueblo gitano no tiene la necesidad de reivindicarse a diario. Ya es parte de las esencias de Utrera, donde la mezcolanza rompe los estereotipos. Ni siquiera es integración la palabra que define su día a día. Porque el pueblo gitano y el payo o gachó -palabras que son poco frecuentes allí, porque rara vez se pone el acento en la diferencia y si no existe el hecho no surge el concepto- han escrito una historia común sin estridencias, poco conocida fuera de Utrera, porque la normalidad no suele ser noticia.

Los ejemplos se cuentan por cientos. En cualquier barrio, aunque haya más gitanos que payos o al revés, más o menos humilde, la convivencia no está marcada por la etnia. Hay dos concejalas de origen gitano; gitano es el presidente del Consejo de Hermandades y Cofradías; hay funcionarios municipales, profesionales gitanos de los medios de comunicación, de la abogacía y en cualquier ámbito laboral, además del artístico o que combinan ambos. Su influencia en la cuarta ciudad de Sevilla, con 52.000 habitantes, es creciente.

Algunas de estas personas, sin ocultar su condición, son reticentes a prestar su testimonio. No se sienten diferentes y les resulta raro. Pero las opiniones de los que acceden a reflexionar sobre por qué esta realidad sí es posible en Utrera son reveladoras: coinciden en que nunca han percibido un trato diferente, ni han tenido que intentar parecer otra cosa, en que es un “regalo” que les ha venido de generaciones anteriores y años de convivencia, que sus costumbres han evolucionado, como lo han hecho las del resto. Hay mujeres gitanas que abrieron negocios o gitanos de Utrera que ingresaron en la Guardia Civil hace casi un siglo. Teniendo en cuenta que el flamenco es una de las señas de identidad de Utrera, puede que sea el municipio que más monumentos tiene para honrar a figuras gitanas.

“La palabra integración me da coraje, implica que una parte renuncia a su identidad. Lo que se da en Utrera es una asimilación de culturas, lo mismo de la gachí que de la gitana”, dice Luis Núñez, Luis El Marquesito, 42 años, productor y responsable de Tele Cable Andalucía en Utrera. Desde el siglo XV está acreditada la presencia de una colonia importante de gitanos en Utrera. Luis subraya que Francisco Peña Soto, Pinini, conocido cantaor de las cantiñas y su bisabuelo, fue matarife, primer funcionario municipal gitano en el XIX y origen una larga estirpe de gitanos y artistas de Utrera: Fernanda y Bernarda son sus nietas, tías por parte de primos hermanos del productor, que también canta. En Utrera, la mayoría de los gitanos han cultivado el arte, pero lo han compaginado con otro oficio.

“Yo me he criado en el centro, estudié en el Sagrado Corazón, un colegio de pago al que asistían también gitanos. Mi padre me decía no somos ni mejores ni peores”. Sus tres niños están creciendo con el mismo mensaje y valores: el respeto a los mayores, el ser “responsable con uno mismo”, “el respeto, la educación”, el “cuidar la vestimenta”. Como profesional de los medios, resta importancia a los realities que se ceban con los tópicos: “Yo me río, como Gran Hermano, son programas que se hacen porque la gente los consume, también hay gitanos frikis”. Sí le molestan los titulares sobre reyertas entre familias gitanas, sin que el adjetivo payo aparezca cuando son otros. “¿Y por qué no se titula “el bailaor gitano Joaquín Cortés actúa en el Madison Square Garden?”, pregunta.

Esos programas sí molestan a Beatriz Fernández Peña, una maestra de 35 años, miembro activo de la Asociación de Mujeres Gitanas Universitarias Fakali, que cree que fomentan los estereotipos. Vive en Utrera, casada con un no gitano, pero trabaja en los barrios de Cerro Blanco y Los Montecillos de Dos Hermanas. Su experiencias en Utrera y con gitanos que sufren marginalidad es reveladora: “Los que viven en zonas de exclusión han perdido su cultura gitana, su cultura es la de la marginalidad, pero la gente las confunde y es normal que genere rechazo. El problema es que esos mismos chicos crecidos en barrios marginales identifican erróneamente esas costumbres como la cultura gitana”.

En su caso, se trasladó a vivir desde Sevilla, donde estudió en el colegio La Milagrosa, a Utrera con 12 años, cuando su hermano mayor comenzó a salir y a sus padres le preocupaba el ambiente. Preferían Utrera, donde su madre pasó gran parte de su infancia y juventud, aunque es lebrijana. Su padre es un gitano cordobés. Ella estudió Magisterio y tiene un hermano ingeniero. La escuela era lo primero en casa. Los tres hermanos se asentaron en Utrera, donde, dice, “a los no gitanos le gustan las cosas gitanas, presumen cuando se les invita a las fiestas y cualquier festival se llena”.

De Pepe Vargas se dice que es uno de los funcionarios municipales más queridos. Es técnico de Participación y Solidaridad y, a punto de cumplir 50 años, preside la Asociación de Personas con Discapacidad Virgen de Consolación. De pequeño sufrió la polio y anda con bastones: “Mi madre siempre quiso que yo tuviera una carrera para que pudiera defenderme, fue todo su afán”. Pasó por el colegio San Juan de Dios de Alcalá de Guadaíra y comenzó a estudiar Informática en la Universidad. La muerte de su padre -un carpintero originario de Lebrija que se recicló como transportista- le obligó a dejar sus estudios. Pero opositó y entró como ordenanza en el Ayuntamiento, donde fue ascendiendo. Tiene siete hermanos, de los que la primera en licenciarse en la Universidad fue una chica, la pequeña, gracias a las becas y a que las condiciones económicas de la familia mejoraron. “Siempre hemos vivido en una barriada de gente humilde, con payos y gitanos, y no hay diferencias”. “La convivencia es muy buena y no es cosa de un año o dos, viene de más lejos, nunca ha habido odio o racismo y los gitanos nunca hemos tenido que renunciar a nuestra identidad”. También subraya que hay mucha mescolanza en las familias y, por primera vez, “dos concejalas gitanas en el Ayuntamiento y no ha sido noticia”.

Se trata de Mari Carmen Suárez y Violeta Fernández y el hecho pasó desapercibido en campaña. No se trata de cuotas. La primera, diplomada en Empresariales y Técnico Superior en Prevención de Riesgos Labores, tiene 43 años. Es gitana por parte de su padre. Fernanda y Bernarda son sus tías abuelas. Como anécdota de la normalidad en la que ha creció, recuerda que son dos hermanas y ambas se sacaron el carné de conducir con 18 años. Sus rasgos delatan su origen, pero incluso en su etapa de estudiante en Sevilla, cuando salía la conversación y refería su origen, jamás percibió rechazo. Dice no sentirse ofendida por los programas en los que se retrata con trazo grueso a los gitanos: “No me veo reflejada”. Sí cuando, a pie de calle, oye comentarios que relacionan gitanos y delincuencia. Es delegada de Recursos Humanos, Formación y Empleo y Plan Estratégico y apunta que hay ayudas para el colectivo gitano que no se piden en Utrera: no hay programas específicos para un colectivo y otro. Lo que hay es para todos, indistintamente.

Violeta Fernández, delegada de Educación y Servicios Sociales, es nieta de una “gitana 100%”, Carmen Vargas Gálvez, prima hermana de Bambino y en cuya tienda de ultramarinos de la calle Escoba creció de niña. Preguntada sobre qué circunstancias se dan en Utrera para que la normalidad sea posible, también echa la vista atrás, a la historia de su bisabuelo, Juan José Vargas Torres, un gitano republicano que puso a una de las cinco hijas que tuvo Violeta. La edil toma el nombre de su tía abuela, que tuvo que cambiarlo en la dictadura. “Era un hombre avanzado, en aquella época todavía era costumbre apalabrar los matrimonios de los niños cuando nacían y él se negó, decía que sus hijas se casarían con quien quisieran”. De joven, su abuela le preguntaba “¿Tú fumas?, si lo haces hazlo delante de mí, tú siempre ve por delante nunca por detrás”. Sus amigas se sorprendían de la lección de libertad y responsabilidad a la vez, aunque no fumaran.

Violeta refiere que, la semana pasada, un antropólogo en una conferencia afirmó que esta integración de los gitanos se produjo porque en su momento llegaron con oficios -matarifes, herreros…- que se necesitaban y desconocía el resto de la población. “Si tienes las necesidades cubiertas, no hay exclusión”, concluye.

Manuel Peña Domínguez lleva tres años como presidente del Consejo de Hermandades y Cofradías de Utrera. Sobre la convivencia en Utrera, explica que las generaciones de ahora lo tenían “todo ganado, ha sido un regalo, porque viene de generaciones anteriores, es histórica. En Utrera siempre se ha respetado mucho al gitano y se le ha querido”. Pertenece a la Hermandad de los Gitanos, la que promovió hace más de 60 años el Potaje Gitano, festival flamenco de referencia. Su padre, Manuel Peña Narváez, muy conocido porque escribía en los principales medios de Sevilla las crónicas del certamen, también fue presidente del Consejo de Hermandades durante 12 años. Tan implicado estaba con Utrera que, cuando falleció, el Ayuntamiento decretó tres días de luto. Recuerda que su tío Juan, que murió el año pasado con 92 años, fue uno de los primeros gitanos en la Guardia Civil. “En Utrera, en ningún aspecto se tiene en cuenta que se sea gitano o no”.

Él es un profesional autónomo, mediador de seguros, con una cartera importante, y rompe más estereotipos: “Los gitanos estamos orgullosos de nuestra cultura, pero de nuestra cultura que no está desfasada”. Coincide además con Luis Núñez en que costumbres arcaicas que muchas veces se achacan sólo a la cultura calé -como la sumisión de la mujer o ciertos valores de pureza- estaban generalizados en toda la sociedad española hasta no hace tanto. “Incluso el respeto a nuestros mayores, del que hacemos gala, yo creo que es un valor que muchas familias de Utrera, sean o no gitanas, conservan”. Manuel tiene una hija estudiando Ingeniería. La más pequeña está aún en el instituto, pero quiere cursar Bellas Artes. El futuro sigue imparable.

El comercio con las Indias y Consolación en el origen de todo 
 
 

El origen histórico de la presencia y la convivencia entre gitanos y no gitanos en Utrera, que se comenta a pie de calle, es corroborado por los investigadores. Julio Mayo, historiador y archivero, precisa que tiene que ver con la situación geográfica del municipio: entre Sevilla y los grandes puertos de Cádiz, cuyo trasiego ya era importante antes, pero que se multiplicó con el descubrimiento de América. “Ya entonces las grandes embarcaciones tenían problemas para penetrar hasta Sevilla, solían encallar en Lebrija o Trebujena”. Había un contingente humano que utilizaba “una ruta terrestre alternativa al río que pasaba por Utrera”, por donde discurrían personas de distintas nacionalidades (franceses, italianos, portugueses, flamencos…) y etnias, muchas para embarcarse o para trabajar allí donde había comercio y se precisaban determinados oficios. Todo ello se vio reforzado con la devoción a la Virgen de Consolación y la pujanza de la peregrinación a su templo, sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo XVI. 
 
Los gitanos errantes eran habituales en esa ruta, devotos además, y la actividad comercial que se generó en torno al Santuario de Consolación hizo que una población muy importante se terminara asentando. Hay documentos que hablan de gitanos apellidados “Greciano”, procedentes de Grecia, a los que se concedió ya carta de vecindad a finales del siglo XVI por los beneficios que reportaban a la ciudadanía los géneros que traían y llevaban. En 1580, hay constancia de gitanos enterrados en el santuario, lo que revela nivel social y económico. Mayo recuerda que es también el negocio de Indias el que explica la presencia histórica de gitanos en el barrio de Triana, vinculados a oficios que reclamaba la actividad comercial y el trasiego de barcos con las Indias (la alfarería, la fragua, los telares, la fabricación de jabones o las transacciones ganaderas). “Utrera es la escuela de la gitanería española”, concluye, aunque precisa que esa normalidad total de gitanos de Utrera se fraguó sobre todo a partir del siglo XIX. 
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