La sociedad líquida

La sociedad líquida - el democrata liberal

 

“Desaparecida la razón, como base del diálogo o del simple contraste de pareceres, resurgen los demonios más turbulentos de la historia de la humanidad: los miedos, los extremismos, el hundimiento de los valores… ”

“Nadie sabe si Pedro traicionará o no el pacto con Ciudadanos y si Pablo conseguirá con ello la entrada en la iglesia del poder”

“Cuando la sociedad es líquida, medrosa y sutil, dejando en el almario los valores que la hicieron poderosa, el paisaje social y las relaciones humanas se tornan grises, desconfiados y rencorosos”

A finales del último milenio el escritor francés Alain Minc publicó un ensayo bajo el título de “La nueva Edad Media” en el que retrataba el sentimiento angustioso del final de una era donde, durante más de tres siglos, habían imperado los principios de equilibrio, progreso y orden. Y alertaba sobre las incógnitas que en el tercer milenio habría que abordar: confusión, caos, sociedades grises alejadas de la certidumbre y pérdida de la razón. Sentimientos sobredimensionados, espasmos morales y retorno de nuevas formas revolucionarias serían, a juicio de Minc, algunos componentes del miedo y la incertidumbre en los que tal sociedad quedaría atrapada.

Desaparecida la razón, como base del diálogo o del simple contraste de pareceres, resurgen los demonios más turbulentos de la historia de la humanidad: los miedos, los extremismos, el hundimiento de los valores… mientras una sociedad desconcertada se entrega, sin saber por qué, a quienes le predican lugares comunes alejados de su propia estima y dignidad. Miramos a un lado y a otro, desconcertados e indignados ante cualquier revés o masacre, buscando el alma buena que nos libere de nuestras propias responsabilidades. Y surge así la sociedad plañidera, esa que define Ignacio Camacho como “la que mejor llora por las víctimas que no sabe defender”, mientras el sentimentalismo suplanta a la ética solidaria, convirtiéndonos en expertos en lo que el propio Camacho llama “luto virtual”.

Los recientes atentados de Bruselas, tan horrendos y odiosos como los de París, Nueva York, Londres, Madrid, Pakistán, Egipto y tantos otros, acreditan la maldad intrínseca de quienes aprovechan las debilidades de una sociedad enferma y atemorizada, incapaz de defender su propio concepto de la dignidad y el orden, perpleja y desconcertada que no encuentra la manera adecuada para conducirse, como dice A. Minc, ante los miedos de la sinrazón.

Somos víctimas de una ideología liquida e indolora, consecuencia del buenismo sentimental y del pensamiento débil y adormecido. Mientras decimos, en calé clásico, que “to er mundo e güeno” el enemigo nos tiene perfectamente identificados. Un pueblo que no sabe defender su libertad es un pueblo mortecino, sin pulso ni energía, presa del miedo y la confusión y anonadado ante la incertidumbre. Esa proclama tan socorrida de aparente solidaridad del “je suis… ” seguido del lugar de la última masacre, podría completarse en su significado con un “Je suis celui qui ne sait pas ce que je suis” (yo soy quien no sabe lo que soy).

No sorprende, por tanto, el auge de los populismos que aprovechan situaciones de miedo, racismo o integrismo que son absolutamente incompatibles con la democracia. Son estos sentimientos primitivos los que llevan en sus genes la semilla del populismo, con su lógica secuencia de la construcción de un mito, la consagración de un jefe en el que mirarse y un activismo social que lo promueva.

Hoy está prevista la cacareada reunión de los apóstoles de la nueva izquierda, Pedro y Pablo. Nadie sabe si Pedro traicionará o no el pacto con Ciudadanos y si Pablo conseguirá con ello la entrada en la iglesia del poder, cuestión ésta que parece ser la única que inspira al que, émulo de Pedro el bíblico, pretende poner la primera piedra de la nueva catedral del cambio.

Si estuviéramos en una sociedad racional y exigente, nadie entendería un pacto con quienes no sólo no suscriben el pacto antiterrorista sino que rechazaron cuatro mociones en el Parlamento Europeo sobre esta cuestión. Es que, además, su proximidad en el último Aberdi Eguna con las políticas secesionistas, reclamando un referéndum de autodeterminación y el acercamiento de etarras, los sitúan en el argumentario de la izquierda nacionalista vasca. Las alianzas de Podemos con la CUP catalana o con Batasuna y su proyecto confederal para una España fragmentada deberían disuadir a Pedro Sánchez de cualquier acercamiento al populismo podemita.

Así las cosas, ¿qué papel les queda a los andaluces, extremeños, castellanos y demás territorios de Podemos, ante tal deriva? ¿Pedirán igualdad en sus regiones, promoviendo referendums soberanistas?¿A dónde nos llevan semejantes planteamientos?¿Es coherente todo ello con el principio de igualdad y solidaridad que define al socialismo? ¿Permitirá el PSOE que Sánchez le coloque la soga del ahorcado o, de llegar al límite, algunos diputados, como se insinúa de los andaluces, votarán en contra de Sánchez?

No hay nada peor que la pérdida de los principios y de las reglas morales que llevan a los políticos, en su afán de poder, a actuar sin altura de miras. Después del doble y sonoro fracaso de su investidura, Pedro Sánchez quiere seguir buscando apoyos, no en base a programas y líneas de acción política, sino sólo en términos de poder. De ahí su obsesiva y monotemática expresión de que el cambio consiste en la coincidencia de todos en “echar a Rajoy”. Ese parece ser su programa, constructivo como se ve.

Los ingredientes de los vectores del cambio son muy simples: ideas sencillas, denigrar a los mercados y búsqueda de un enemigo común. Algo primitivo, falto de razón, pero apetecible para una sociedad adormecida. Con esas mimbres quiere Pedro Sánchez pactar con Pablo Iglesias, contando con el apoyo, activo o pasivo, de los independentistas. Populismo, Socialismo y Nacionalismo, un cóctel peligroso y explosivo, según acredita la historia.

Solamente en una sociedad gris que ha perdido sus principios y valores puede ensayarse una mezcla tan dañina. Nacionalismo+Socialismo fue el nazismo hitleriano. Socialismo+Populismo fue el comunismo de Stalin. Uno y otro experimentos ocasionaron los mayores desastres políticos y sociales de la historia moderna. Juntar las tres doctrinas en un solo experimento podría ser una de las malsanas ideologías que apuntaba Minc, cocidas hirviendo en una caldera doctrinaria, cuyos resultados podrían devolvernos a una nueva Edad Media.

Una Edad Media que, por degeneración, nos llevaría al tribalismo, poniendo el acento en la sangre, la tierra y la identidad. Una Edad Media en la que, como siempre, el populismo social terminará en “la proliferación de los aprovechados, los especuladores y los prevaricadores”.

Estas cosas ocurren siempre cuando la sociedad, sus gentes, lloran las penas pero no encaran con valentía y dignidad los desafíos del momento, ni afrontan sin ambages la defensa de sus principios y libertades. Cuando la sociedad es líquida, medrosa y sutil, dejando en el almario los valores que la hicieron poderosa, el paisaje social y las relaciones humanas se tornan grises, desconfiados y rencorosos.

Fuente: EL DEMOCRATALIBERAL

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