La engañosa perversión de los “fascistas”

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Ficha policial del agitador socialista Benito Mussolini. Suiza, 1903

 

“Fascista”. Es la palabra de moda en las redes, no cabe duda. Cualquier debate, no solo político, en el que haya algún tipo de colisión o enfrentamiento acaba en algún momento empleando este tan manido calificativo para deslegitimar la argumentación del oponente. Si les tratan a ustedes con amabilidad, quizás tengan suerte; usarán la versión “light” para hacerse los guay, léase “facha”.

 

Una victoria del “agit-prop” de nuestra izquierda que se inició en los primeros años de la II República. El miedo al fascismo fue el argumentario de aquella izquierda golpista, totalitaria y violenta (golpe de Galán, elecciones 14 abril, Casas Viejas, octubre 1934, pucherazo febrero 1936…) pretendiéndose democrática y única protectora de la voz del pueblo a quien solo ella representa. Posicionaban a las gentes con la clásica dicotomía, o conmigo o contra la democracia, o sea, Yo. La realidad es que salvo los chicos de las JONS del intelectual Ramiro Ledesma, en España apenas hubo fascistas. Miento, toda la izquierda lo era, pero dejen que siga el relato.

 

El juego, no por rancio y obsoleto, ha dejado de existir. En un país donde “la gente” no lee y se impone vía decreto lo que es la “memoria histórica”, el señalamiento de todo el que no comulga con el discurso “políticamente correcto” que se promulga desde sectores “culturetas” como el colectivo de “la ceja” y demás adláteres, es continuo. Y quienes se oponen a pasar por el aro ideológico y social de ese ambiente ateo y progre, acaba relegado de ciertos círculos, cuando no señalado públicamente como “facha”, recuerden, el diminutivo socialmente aceptado de “fascista”.

Los que así obran, solo por ello ya denotan sin un ápice de duda su inherente totalitarismo ideológico. Pedirán respeto por la libertad de expresión, de ideas, condición social, sexual  y hasta se reclaman poseedores del pacifismo, vistiéndose un bondadoso traje que socialmente cuela en mentes simples, y de esas hay para hartarse. Pero, ¡hay de ti como discrepes!

Dichas gentes votan todas a opciones de izquierda, socialistas o comunistas y también separatistas. Lo asombroso es observar cómo las elites de dichas gentes, a quienes se les presupone un mínimo de formación, cultura y conocimientos, a estas alturas de la historia aun puedan defender el socialismo como una teoría política y social válida, que permita el desarrollo, la igualdad de derechos y la prosperidad de las sociedades. Postulándose de modo encomiable como contrarias a la guerra, defienden el activismo social, la relevante actividad de las laicas o “progresistas” oenegés y que el Estado las subvencione. La iglesia, primera oenegé del mundo es, sin embargo, señalada, cuando no abiertamente atacada.

Propugnan también que España acoja a los refugiados. Pero mientras exigen que sea el Estado quien dé solución a dichos acogidos, ellos jamás harán sitio en su casa a uno solo. Piden abiertamente que los ricos paguen más impuestos, mientras exigen un IVA reducido a sus mediocres sectores profesionales que imitan exitosos modelos capitalistas que progresaron gracias a su iniciativa y originalidad, y sin un centavo público. Lo público, de lo que viven, porque son “cultura”. Mientras tanto, constituyen sociedades SICAV o coleccionan decenas de pisos (Wyoming). Lo llaman solidaridad (solidaridad roja) los mismos que se oponen a que misioneros que jamás pidieron voz, y que entregan sus vidas felices por ayudar al prójimo, no sean repatriados cuando van a morir, no nos infecten. Mientras tanto, con gritos y violencia verbal, se manifiestan por un perro o por los toros, cuando no exigen que Cristina Cifuentes sea desalojada de un hospital público donde lucha entre la vida y la muerte. Todo, como pueden ver, absolutamente “fascista”.

Habiendo escapado de su país a Suiza por negarse a hacer el servicio militar (no era un pacifista objetor de conciencia, generalmente ninguno lo es, son casi siempre unos jetas) el señor de la foto de este artículo, un 18 de junio de 1903, fue arrestado por agitador socialista, y permaneció detenido en la cárcel durante 12 días. Posteriormente, fue expulsado hasta dos veces de Suiza. 

Benito Mussolini, número tres del Partido Socialista italiano, acabará escindiéndose de éste y fundando el “Fascio” o “Partido Nacional Fascista” en 1921. La realidad es que la reprensión que practicaron los fascistas apenas fue una anécdota comparado con lo que les voy a relatar. Una fama inmerecida, producto de la propaganda marxista, término que si debía ocupar su protagonismo. Como verán, el fascismo solo es marxismo, y una versión “light”.

Cuando esto ocurría, Lenin, que ya gobernaba con mano férrea Rusia, y cuyos “gulags” (invento suyo) trabajaban a destajo en reprimir toda oposición, escribía esto: “Debemos derribar cualquier resistencia con tal brutalidad que no se olvide durante décadas”. Y esto otro: “Cuantos más representantes del clero y la burguesía reaccionaria ejecutemos, mejor”. Su gobierno fue corto, apenas siete años, aun así, dejó sangre para llenar el río Volga. Su legado, dos momias. Su cuerpo embalsamado para adoración del líder en 1924, y su sucesor, Josef Stalin.

Stalin, quien organizó desde el “Komintern” las “Brigadas internacionales” que nos visitaron en 1936, continuó la obra represiva de su antecesor. Solo en Ucrania, tierra de los valerosos cosacos y granero de Rusia, ejecutó lo que se conoce como el “Holodomor”. Entre los años 1932-1933 murieron de hambre cerca de 10 millones de personas. Les quitó el trigo y los abandonó a su suerte. Josef Stalin, “el padrecito”, le llamaban. Este personaje, que pasea la izquierda con orgullo mientras te llaman facha y defienden a Cuba, Venezuela o cualquier otro despropósito socialista represor (Leopoldo López, está ocurriendo), fue quien firmó un tratado, conocido como “Molotov-Ribbentrop”, para repartirse Polonia en 1939. Ese tratado fue el culpable de la II Guerra mundial. Su socio en dicho tratado era un personaje raquítico que pintaba cuadros que nadie compraba, quien en 1920 fundó otro partido político. Lo llamo  “NSDAP” o “Partido Nazional-Sozialista Obrero alemán”. Los Nazis, 1920.
 

Como ven, la cosa iba de socialistas. Así que, cuando un socialista te llame facha o directamente fascista, mándale a freír gárgaras. Los fascistas son ellos.

 

Fuente: LA TRIBUNA

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