El teatro de los pactos

 

2016_02_10_cabecera

“La sensación de que el montaje de este circo mediático por parte de Sánchez solo persigue el reforzamiento de su imagen de cara a su posición partidaria, es tan cierta como lamentable, al poner a toda una nación al servicio de sus ambiciones personales”

“Solo desde esa perspectiva puede concebirse que Pedro Sánchez insista en su afán por entenderse con quienes en el fondo son solo auténticos cavernícolas, retrógrados cuya falta de respeto y educación supera el mínimo convivencial exigible”

“Solo cabe gobierno radical separatista o unas nuevas elecciones, salvo que en el ámbito del constitucionalismo se acepten sacrificios y renuncias personales que no dañen la dignidad de las personas y de quienes confiaron en ellas”

En una sociedad mediática, con una nueva casta política más interesada en la imagen y el postureo que en la eficaz gestión de la cosa pública, asistimos a un carrusel de encuentros televisados impulsados por un político, neófito y ambicioso, que aspira a la investidura como Presidente del Gobierno de España.

Si aquí se funcionara desde la lógica, los acontecimientos serían antagónicos a lo que estamos viendo, ya que cuando alguien asume el reto de la investidura, y así se lo transmite al Jefe del Estado, se supone que lo hace de forma responsable por contar ya, al comprometerse en la consulta regia, con apoyos suficientes para abordarla con muchas posibilidades de éxito. De lo contrario sería frívolo y temerario aceptar el encargo, porque significa, como está ocurriendo, convertir el debate, el acuerdo y la negociación en un circo mediático para exclusivo lucimiento de la imagen pretenciosa y vacua de sus protagonistas.

Por lógica conclusión, el acuerdo que ahora se pretende debía de haberse conseguido antes de aceptar la propuesta del Rey. Así fue en 1979 con Suárez, en 1993 con Felipe González y en 1996 con Aznar, obligados los tres a pactar para ser investidos al no disponer de mayoría absoluta en aquellas legislaturas, por lo que aceptaron la designación regia cuando ya tenían los apoyos comprometidos.

Lo cierto es que el candidato, con su ambición desmedida, ha puesto en grave riesgo la gobernabilidad del país, al zaherir sin necesidad, de forma reiterada y compulsiva, la dignidad, no ya del partido más votado sino de los cerca de siete millones y medio de ciudadanos que dieron su confianza al Partido Popular. La sensación de que el montaje de este circo mediático por parte de Sánchez solo persigue el reforzamiento de su imagen de cara a su posición partidaria, es tan cierta como lamentable, al poner a toda una nación al servicio de sus ambiciones personales.

Desde todos los sectores, a uno y otro lado del espectro político, se le insiste al candidato que solo tiene dos alternativas: o intentar gobernar con populistas, radicales de izquierdas y separatistas, o aceptar un pacto de Estado con PP y Ciudadanos. No hay más, por muchos documentos de 53 páginas que remita a todo el espectro parlamentario, excepción hecha del PP y de separatistas catalanes, lo que también tiene truco, toda vez que a estos ya les dio dos senadores para formar grupo propio. Es decir, el único trato vejatorio va dirigido al PP, sin el cual, por otra parte, no puede llevar a cabo casi ninguna de las reformas a que se refiere el documento de marras. Tras los intentos fallidos, al no atender Sánchez las reiteradas llamadas de Rajoy, parece que, por fin, el viernes se reunirán ambos. Seguramente éste le dirá a aquél lo que se merece por su falta de sentido de Estado, pero mostrará, como siempre hizo, su disposición a un diálogo en positivo por el interés general de los españoles.

Resulta claro, pues, que la obsesión “sanchista” por marginar al PP, junto a sus ansias de poder, nos puede llevar a un gobierno que él llama “de progreso” y que, sin duda y contrariamente a su denominación, pondría en grave riesgo la incipiente recuperación económica, fracturaría aún más a la sociedad española y abriría fisuras profundas en la amenazada soberanía nacional.

Por contra, la otra alternativa respaldada por la mayoría de los institutos de opinión y los sectores más influyentes, en términos políticos y económicos, sería la formación de un gobierno constitucionalista apoyado por los tres partidos que lo son inequívocamente, con la triple finalidad de regenerar la vida política, transformar el sistema educativo y reforzar las medidas de recuperación económica. A cambio de unas medidas regeneradoras y reformistas apoyadas por PP, PSOE y Ciudadanos, el ejecutivo de coalición o del partido más votado, tendría que aplicarlas para garantizar su investidura. Es lamentable que el empecinamiento del candidato socialista no haya tenido en cuenta los sabios consejos de compañeros experimentados, empezando por el propio Felipe González, sobre el particular.

Hay que estar muy ciegos o ser muy sectarios para no comprender lo que tal pacto supondría para el crecimiento económico y, por ende, para el empleo y la sostenibilidad del Estado de bienestar. Frente a este enorme salto en la credibilidad internacional se nos propone, sin más basamento que el odio africano a la derecha, un gobierno cuyo equivalente, por mucho que se tilde de progreso, se da en Venezuela o, como mal menor, en Grecia, pretendiendo olvidar que en el país heleno, desde su instauración, se ha firmado ya el tercer rescate, ha habido tres huelgas generales y se ha reducido drásticamente el poder adquisitivo debido a los recortes, las rebajas de sueldos y de las pensiones, que lo han hecho en un treinta por ciento.

A estas alturas, que mucha gente que compró el mensaje podemita de buena fe pudiera sentirse frustrada, sería señal de una ciudadanía adulta y exigente, dados los mensajes que circulan por las redes sociales poniendo de manifiesto, de forma altanera, violenta y revolucionaria, que la verdadera pretensión de Pablo Iglesias es, según sus propias palabras, “tumbar el sistema” de libertades que nos hemos dado. Ello, unido a las denuncias de corrupción financiera procedente de regímenes totalitarios, que según el presidente de Canal 33 no dudaron en comprar productoras y periodistas para copar espacios en televisiones nacionales al servicio de Iglesias y los suyos, debiera ser suficiente para vacunarnos del virus podemita al que Alfonso Guerra, acertadamente, tilda de golpista.

El problema es que Pedro Sánchez es persona ambiciosa, poco respetuosa con quien no piense como él y con una falta de futuro absoluta fuera de la política. “Éste tiene mandíbula de acero” advirtió a sus compañeros Rubalcaba, añadiendo que “no sabían con quien se jugaban los puestos”. Y según El Confidencial del día 6 de los corrientes, Desdeuk, un miembro del grupo de amigos postuniversitarios de Sánchez, dice que “éste no tiene ataduras morales o éticas de ningún tipo. Sin escrúpulos, vengativo y de ambición desmedida” tiene “muy poquito de capacidad y conocimiento y todo de ambición y arrogancia”.

Solo desde esa perspectiva puede concebirse que Pedro Sánchez insista en su afán por entenderse con quienes en el fondo son solo auténticos cavernícolas, retrógrados cuya falta de respeto y educación supera el mínimo convivencial exigible. Gente que, al amparo de la libertad de expresión, se refugia en el insulto, la ofensa y la falta de consideración a las ideas ajenas, pretendiendo hace pasar por sátira lo que es una bofetada a la dignidad ajena sin valor moralizador alguno. Personajes cuya única obsesión es tumbar el sistema, imponiendo su pensamiento sectario, aunque para ello se vistan hoy de esmoquin y mañana se pongan los vaqueros ya que su solvencia intelectual está en razón inversa a su afán totalitario.

Que era mentira su afán de limpieza lo acredita el nepotismo con que se conducen en todas las instituciones que gobiernan. Que limitarían sus ingresos es tan falso como que han cobrado los 5.000 euros para taxis a los que iban a renunciar, así como no solo no renuncian a ciertos privilegios, sino que los amplían en el Congreso, para gafas, lentillas, audífonos, dentista, colocación de DIU, ayudas para nacimientos y matrimonios y un largo etcétera.

Por todo ello, y pese al circo mediático de los pactos que nos entretiene estos días, la única salida razonable por el bien del país es el pacto de las tres fuerzas constitucionalistas. La obsesiva conducta anti PP de Sánchez le inhabilita para liderar tal pacto que, por otra parte, sin el concurso del PP haría imposible su desarrollo, dada la minoría de bloqueo que tiene en el Congreso y la mayoría absoluta en el Senado.

Las presiones de las grandes empresas y de los cenáculos madrileños para que el PP deje gobernar a Sánchez con Ciudadanos (que tanto recuerdan las que provocaron la dimisión de Suárez en 1980) para evitar, con cierto tufo chantajista, un gobierno de aquél con Podemos, no pueden hacer mella en un partido que, además de salvar a España del precipicio, ha ganado las elecciones y ha sido mancillado en su orgullo por el mayor “vetador”, Pedro Sánchez, que ahora habla de que no haya líneas rojas ni vetos, pero insiste en la esencia de su programa que es, pura y simplemente, “que no gobierne el PP”. O sea, que se vete al PP. ¡Este es el ejemplo de coherencia del candidato a gobernar España!

Puestas así las cosas, y si el PSOE no frena a su ambicioso secretario general, solo cabe gobierno radical separatista o unas nuevas elecciones, salvo que en el ámbito del constitucionalismo se acepten sacrificios y renuncias personales que no dañen la dignidad de las personas y de quienes confiaron en ellas. Hay que aprender a respetar a los demás, a dialogar con todo el mundo y a consensuar tras horas de trabajo y estudio, sin tanto espectáculo mediático, porque solo de todo ello surge la mejor política para la ciudadanía, que es la que demanda el entendimiento.

Por ello, si los políticos no se conducen así, por muchos cambios de vestimenta que protagonicen, seguirán pendientes de su imagen y continuarán con sus vetos, sus insultos y sus descalificaciones, mientras el país se nos va por las cloacas del sectarismo, la ineficacia y el revanchismo. Y los españoles, asqueados de tan triste espectáculo, volveremos la espalda a tanto mediocre y teatrero como hoy pulula por la cosa pública.

 

 

Fuente: LUIS MARIN SICILIA

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