Del politiqueo a la política

2016_01_27_cabecera

 

“Pasada la primera fase de politiqueo, es decir de brujulear haciendo política superficial, plena de intrigas y bajezas, con fáciles eslóganes de cambios de progreso y avances sociales, ha llegado el momento de empezar a hacer Política con mayúsculas”

“Hoy comienza la segunda ronda de consultas regias y, salvo un avance notable de los contactos entre los partidos, hasta ahora apenas ensayado, no se atisba que el Rey pueda nominar candidato con opciones de ser investido”

“Lo mejor para España sería que ‘el destino no sonría a Pedro Sánchez’ y que el socialismo recupere el papel moderado que, desde la Transición, tan buenos servicios prestó a la prosperidad del país”

 
Un país sin tradición pactista de gobierno asiste, desde la incertidumbre y la preocupación, a una proclamación de voluntades sin articular que han tenido como protagonistas principales a un experto en chulear al prójimo y a un ambicioso ahogado por la ansiedad de alcanzar su objetivo. Éste, acreditando su ingenuidad infantil, acorde con sus pretensiones infundadas, que ponen en peligro, no sólo la economía sino también la subsistencia de España como nación europea y el propio sistema democrático. Aquél, como buen caudillo leninista, poniendo de manifiesto, como acertadamente dice Ignacio Camacho, que “el suyo no es un programa para sacar a España de la crisis, sino un proyecto de poder, un asalto al núcleo del Estado”. Porque Iglesias ha dado pruebas sobradas de su soberbia intelectual, saliéndole a borbotones su talante totalitario a la menor oportunidad que se le presente.

El politiqueo que Pedro y Pablo, “Los Picapiedras” como algunos les llaman, se han traído entre manos, quedó al descubierto con la declinación de Rajoy a someterse a una investidura fallida de antemano, a la vista de que los dos “fenómenos” ya tenían pactado hasta el llamado “gobierno de progreso”, amparado a priori, según el ingenuo, en que “sus electores no entenderían que no se produjera el maridaje” con el estrafalario leninista.

Pasada la primera fase de politiqueo, es decir de brujulear haciendo política superficial, plena de intrigas y bajezas, con fáciles eslóganes de cambios de progreso y avances sociales, ha llegado el momento de empezar a hacer Política con mayúsculas, es decir a acreditar la disposición, virtud o habilidad para conducir el gobierno de la nación española. Y aquí sobra la palabrería y hace falta acreditar cómo, con quién y de qué manera se pretende hacer frente a los grandes retos que nos asedian.

El candidato socialista debe explicar claramente por qué quiere ir en coalición, llamándola de progreso, con quienes han inspirado, cobrando, al chavismo que ha hundido en la miseria a uno de los países más ricos del mundo, como era Venezuela. Peculiar forma de progresismo de esta izquierda que, además, ha vivido de las finanzas de un régimen iraní, especialista en persecución de gays y menosprecio de la dignidad de la mujer. Y también debe explicarnos su afán de contar con el apoyo o la abstención positiva de quienes han manifestado inequívocamente su incompatibilidad con el interés general de España, porque si hay algo más alejado, histórica y doctrinalmente, del concepto de la izquierda es el nacionalismo, ya que distinguir por territorios es aceptar desigualdades.

Hoy comienza la segunda ronda de consultas regias y, salvo un avance notable de los contactos entre los partidos, hasta ahora apenas ensayado, no se atisba que el Rey pueda nominar candidato con opciones de ser investido, a no ser que el Comité Federal del PSOE dé vía libre al suicidio, cuya soga ya había comprado su secretario general, pactando con Podemos y otras fuerzas soberanistas y antisistema.

De entrada hay que distinguir entre la mayor o menor dificultad que un candidato tenga para ser investido, que se consigue por una mera suma de votos, y la mayor o menor dificultad que ese candidato vaya a tener para gobernar. Y de esto ya saben algo los presidentes socialistas de autonomías auspiciados con los votos de los podemitas, como Fernández en Asturias, cuya dificultad para aprobar presupuestos le ha hecho advertir que “los gobiernos heterogéneos hacen imposible una gestión eficaz”. Por ello, ninguna persona sensata, y no digamos los inversores, duda de que un pacto con Podemos provocará una enorme inestabilidad en una difícil coyuntura.

El “pacto a la portuguesa” que pretende Pedro Sánchez ya está produciendo unos efectos muy negativos en términos económicos y sociales, hasta el extremo de que, en menos de tres meses, han provocado la victoria abrumadora de la derecha en las presidenciales del pasado domingo. Y por otra parte, el sector más responsable del socialismo español no ignora que Podemos va a por ellos, tal como el propio Iglesias manifestó, en mayo pasado, a la revista New Left Review, al distinguir en el PSOE dos corrientes diferenciadas, la de régimen o socialdemócrata y la socialista radical de izquierdas. Y no se cortó al aseverar que “Podemos explotará las contradicciones del PSOE” y le empujará al precipicio.

La mayor parte de los españoles, según todos los sondeos y el propio resultado electoral, quieren que los grandes partidos constitucionalistas se entiendan y tengan la grandeza de fijar los grandes retos del momento, es decir, hacer un diagnóstico de la situación y, ante la misma, consensuar medidas concretas, plazos de ejecución y apoyo parlamentario. Ello exigirá grandeza de miras, dejando a un lado planteamientos maximalistas y buscando puntos de encuentro, que sin duda pueden conseguirse.

Expertos economistas y financieros hablan del momento expectante en los circuitos del dinero, con enormes posibilidades para España, en cuanto se clarifique el panorama político. Si alguien cree que están esperando a que fragüe el gobierno del cambio hacia la izquierda podemita que alientan Pedro, con entusiasmo e ignorancia, y Pablo, con mala fe, puede durarle la ingenuidad menos de los dos meses que han tardado los portugueses en desengañarse. Y eso que en el país vecino el socialismo triplica en votos a los comunistas y podemitas, cuando aquí están prácticamente empatados, por lo que el desastre sería mayor y más rápido.

Lo mejor para España sería que “el destino no sonría a Pedro Sánchez” y que el socialismo recupere el papel moderado que, desde la Transición, tan buenos servicios prestó a la prosperidad del país. Y que junto a PP y Ciudadanos pacten una Legislatura, más o menos larga, en función de los acuerdos que alcancen, acuerdos que deben abordar relaciones laborales, pactos educativo y sobre pensiones, reforma constitucional, reforma de la Justicia, atenciones sociales, directivas europeas y salvaguarda de la unidad nacional.

Tal pacto de Legislatura puede ejecutarlo un Gobierno de coalición o uno de uno o dos partidos, con apoyo legislativo en los temas convenidos. Así gobierna la coalición alemana de socialdemócratas y demócrata-cristianos, con un pacto de doscientos folios suscrito tras largas conversaciones entre los dos grandes partidos germanos que, en la campaña electoral se habían dicho de todo. Pero llegó la hora de hacer Política, con mayúsculas, y así está Alemania. Comparémosla con lo que pasa en Grecia o en Portugal, y ya podemos concluir dónde está el gobierno de progreso.

 

 

Fuente: LUIS MARIN SICILIA

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