¡No nos representan!

 

2016_01_20_cabecera

 

“Una sociedad frustrada entendió de buena fe que el 15-M era un movimiento espontáneo, y se adhirió con entusiasmo a la causa de la indignación y la regeneración”

 

“Hoy, con la irrupción de una fuerza política de extrema izquierda como Podemos, se constata una vez más que el asamblearismo es un cuento de unos pocos para utilizar a las masas en beneficio propio”

 

“Los ciudadanos tendremos que pasar el sarampión del falso progresismo, del que solo se sale o vacunándose previamente, y muchos ya lo estamos, o padeciendo la enfermedad, con las secuelas que desgraciadamente no parecen muy halagüeñas”

En mayo de 2011 se constituyeron los ayuntamientos y autonomías anteriores a los actuales, con un amplio respaldo a la oferta popular, consecuencia directa del desastre económico a que había abocado la lamentable, irresponsable y dilapidadora gestión del zapaterismo que puso en riesgo las atenciones ineludibles del Estado de bienestar. Curiosamente, un poco antes, cuando las encuestas unánimemente anunciaban un espectacular triunfo del Partido Popular, surgió el movimiento 15-M, cuya movilización social inundó calles y plazas de las grandes ciudades españolas.

Una sociedad frustrada entendió de buena fe que el 15-M era un movimiento espontáneo, y se adhirió con entusiasmo a la causa de la indignación y la regeneración. Ello no obstante, como la historia nos demuestra, fueron muchos los que enseguida se percataron de que, como en todos los movimientos asamblearios, alguien iba a aprovechar el tumulto para apropiarse de su fuerza y dirigirla en beneficio propio.

La forma, perfectamente orquestada, con que la constitución de las nuevas corporaciones populares fueron contestadas en la calle abonó la idea de que alguien dirigía el cotarro y de que tales contestaciones no podían ser espontáneas. En Sevilla fueron abucheados orquestadamente, al grito de “¡no nos representan!”, todos cuantos, ediles o invitados, acudían a la sesión solemne de constitución de su Ayuntamiento. Un par de centenares de personas ponían en entredicho, con la “boutade” de su eslogan, la voluntad mayoritaria de los sevillanos que, unos días antes, se habían pronunciado con meridiana claridad sobre sus representantes. El mismo grito y el mismo cerco se vivió en todas las corporaciones de las grandes ciudades.

Con la perspectiva del tiempo y el conocimiento de datos sobre financiaciones encubiertas que se están investigando, podemos hoy entender, con bastante índice de veracidad, quienes y con qué fondos organizaban tales movilizaciones, cómo se sufragaban las distintas mareas con sus diversos colores y quiénes coordinaban las propuestas para rodear el Congreso, “okupar” espacios públicos o manifestarse con cualquier pretexto populista, actos, por cierto, que han cesado en cuanto ha cambiado el color político de las corporaciones.

Hoy, con la irrupción de una fuerza política de extrema izquierda como Podemos, se constata una vez más que el asamblearismo es un cuento de unos pocos para utilizar a las masas, a las que estos llaman gente, en beneficio propio. Nada hay más esclarecedor de la voluntad totalitaria de este grupo político que su afán por hacerse pasar como únicos representantes del pueblo, como han acreditado en la reciente constitución de las Cortes Generales.

La nueva casta podemita ha acreditado que lo suyo no es la política, sino el teatro circense, y que lo que ellos llaman “nueva política” es en realidad una parida llena de estulticia, una memez y una prueba de mala educación. Lejos de traer, como pretenden, la democracia (como si antes de ellos no hubiera existido), lo que supone su presencia, de seguir el derrotero iniciado, es el riesgo de que acaben con ella. Porque el “show” con que nos obsequiaron no es sino repetición del que el chavismo montó en Venezuela, y ya sabemos lo que allí ha ocurrido.

La gravedad de la situación es que, con tales personajes, un partido de gobierno que parece haber perdido el sentido de Estado, está empeñado en gobernar, poniendo como única línea roja la no celebración de un referéndum secesionista. El PSOE que con Felipe González abjuró del marxismo inaugurando esplendorosos años de socialdemocracia, debiera ser incompatible con comunistas cuyas propuestas económicas no casan con la libertad de mercado y quieren salir del euro, impagar la deuda, no respetar la Constitución ni suscribir el pacto antiyihadista, acreditando un distanciamiento notable en lo social, en lo económico y en lo constitucional de los parámetros de las democracias representativas.

Los escarceos que se están produciendo para intentar formar gobierno son descorazonadores para la ciudadanía, que no quisiera sino que los partidos busquen puntos de encuentro para gestionar un momento crucial, donde lo peor es dilatar los chalaneos teniendo, como tenemos, una economía cogida con alfileres, máxime cuando la Comisión Europea ha reiterado que debe completarse la política de ajustes, y cuando hemos de solicitar en este año a los mercados no menos de 400.000 millones de euros para mantener el Estado de bienestar y los servicios públicos.

Algunos piensan que inoculando el odio a la derecha, prometiendo la utopía del totalitarismo disfrazado de democracia directa y sembrando el país de promesas populistas, se resuelven todos los problemas, cuando dichas proclamas de gasto social tan queridas del ideario izquierdista “de progreso” se darían de bruces con la realidad, paralizando la gestión eficiente y provocando la huida de inversiones. Y con ello, la vuelta a la recesión y a otra crisis económica.

Los problemas internos de los partidos que los resuelvan los partidos, pero si no están a la altura de la gravedad del momento, la ciudadanía, en una hipotética segunda vuelta electoral, deberá tomar nota del proceder de cada uno. Porque éste no es un país de “chufletas” aunque algunoLUIS MARIN SICILIAs, convirtiendo el hemiciclo donde reside la soberanía popular en un plató propio de la telebasura política, así lo piensen. España está sobrada de niñatos jugando a revolucionarios seudo demócratas y bien harían los partidos constitucionalistas con marcar convenientemente sus diferencias con ellos.

Si Pedro Sánchez considera que los separatistas y los populistas son elementos imprescindibles para construir su “gobierno de progreso”, y su partido se lo permite, allá él y el socialismo con esa decisión. En tal caso los ciudadanos tendremos que pasar el sarampión del falso progresismo, del que solo se sale o vacunándose previamente, y muchos ya lo estamos, o padeciendo la enfermedad, con las secuelas que desgraciadamente no parecen muy halagüeñas.

En todo caso, los sondeos reclaman a los políticos, de forma unánime, que pacten y se entiendan. Si el sentido común no se impone y vamos a unas nuevas elecciones, que de entrada suponen un gasto de 160 millones de euros, que cada ciudadano se ahorque con la soga que quiera, pero teniendo muy claro que si a la mayoría casi unánime lo que le preocupa es la economía y el paro, la pregunta correcta será: ¿quién lo hará mejor para satisfacer dichas inquietudes?

Cualquier pacto entre partidos inequívocamente constitucionalistas será bienvenido. Por contra, cualquier mezcolanza con separatistas y populistas, cuya falta de respeto a la Constitución han acreditado con sus pintorescos y ridículos juramentos para burlarla, provocará el rechazo de quienes recordamos que cuando los demócratas españoles se enfrentaban a ETA y eran asesinados, Pablo Iglesias estaba en las herriko tabernas alabando a la izquierda abertzale.

Si el pacto con esas fuerzas antisistema y separatistas se produce, algunos habrán conseguido aquello que decían no le interesaba: prebendas y sillones. Pero otros muchos, más de las dos terceras partes de españoles, si nos atenemos al resultado de las urnas, tendremos muy claro que a nosotros, con toda rotundidad ¡no nos representan!. Ni quienes quieren cuartear la Constitución y fracturar la nación española ni quienes, engañando a sus electores, gobiernen con ellos, pueden representar a las personas decentes.

 

Fuente: LUIS MARIN SICILIA

Anuncios