El «Cuchara» de Utrera: «Con los señoritos pasé la que no está en los escritos»

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«El Cuchara», en el salón de su casa de Utrera – BRAZO MENA

 

Antonio Peña Otero, cantaor y patriarca gitano de 86 años, tiene 16 hijos, 32 nietos y 27 biznietos. Fue compadre de Camarón y de Salvador de Quinta

 

Antonio Peña Otero «Cuchara» es un cantaor y patriarca gitano que tiene 16 hijos, 32 nietos y 27 biznietos, a los que organizó unos bautizos que hicieron época. Tuvo como compadres a Camarón de la Isla, Paco Camino, Curro Romero, el Marqués de Casa Ulloa, Manuela Carrasco, Salvador de Quinta, y Juan de Dios Pareja Obregón, entre otros. Dicen que si no existiera «Cuchara» habría que inventarlo.

—¿A qué se debe su apodo artístico?

—Me lo puso mi primo José Fernández Granados «Perrate», en una fiesta flamenca en 1958. «¿A que Antonio parece la cuchara de un soldado, tan chiquitito y delgado y con la cabeza tan gorda?», le dijo a don Salvador Guardiola.

 

—¿Cómo eran aquellas fiestas? ¿Pasó muchas fatigas?

—Intervine en muchas de ellas junto a «Perrate», Curro de Utrera y Enrique Montoya. Las actuaciones eran agotadoras ya que se prolongaban duraban durante varias jornadas. Además, los pagos se efectuaban siempre con retraso y cobrábamos el mismo dinero trabajando un día que tres. Con los señoritos pasé lo que no está en los escritos.

—¿De dónde surge ese estilo tan peculiar de interpretar bulería ?

—Soy sobrino nieto de Pinini, pero no tengo ninguna influencia suya. Comencé a cantar a los once años en bodas, bautizos y fiestas de la familia, y en las tabernas, lo que ha sido mi verdadera escuela del flamenco. Años más tarde, fui contratado en el tablao «El Guajiro» donde trabajé con Matilde Coral, Rafael «El Negro», Chano Lobato, Manuela Vargas y muchos otros. Fui el primer gitano que cantó en esta sala de fiestas.

—Sin embargo, prefirió quedarse en su pueblo trabajando como matarife en el matadero municipal y de puntillero en la plaza de toros…

—Duré un mes en El Guajiro. Me fui pronto para casa porque no podía combinar la nocturnidad flamenca con los madrugones del matadero. Además estaba mi madre, Nica, y mi mujer, Consuelo, que siempre fueron un lujo para el estómago. Y mis hijos. Llevo un collar con 16 cucharas, grabadas con el nombre y la fecha de nacimiento de cada uno de ellos. Leerlas es todo un entretenimiento, como me dijo una vez el Rey Juan Carlos.

—Pese a esta decisión, nunca abandonó su pasión por el flamenco…

—Además de encargarme de organizar fiestas en El Rocío, Sevilla y Jerez, donde gané mucho dinero, llegué a actuar junto a la bailaora japonesa Yoko, con la que recorrí parte del país. Una de mis últimas intervenciones, fue en 1992, en el espectáculo «Tierra», con Juan Peña El Lebrijano, Curro Triana y la familia Fernández, donde encarné el personaje de patriarca. He continuado cantando y bailando en fiestas y festivales.

—Entre sus otras aficiones, los perros, los toros y la playa de Chipiona. Y en la cocina, pocos le igualan…

—A mis cuatro galgos les puse los nombres de Fernanda, Bernarda, Perrate y Cuchara. Ejercí de puntillero en la plaza de toros de Utrera durante 40 años; sobre cocina me llamaban toreros como Manolo González o Litri para que les guisara la caldereta de cordero. Tuve la suerte de que me quería todo el mundo. Ahora, salgo poco a la calle, sólo para comprar lotería y jugar al dominó con los amigos.

–¿Cómo ve el panorama del flamenco actual?

—Desde que faltan las grandes figuras como Manolo Caracol, Antonio Mairena, Perrate, Camarón, Fernanda, el flamenco quizás se acabe, porque a la gente joven no le gusta y prefiere todo lo que suene a «flamenquito» (rumbas, sevillanas…). Afortunadamente yo viví la mejor época de este arte.

 

 

 

 

Fuente: ABC Sevilla

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